Carta abierta sobre el legado de Roberto Pellegrino

Siguen las repercusiones por el fallecimiento de Roberto Pellegrino. Cintos de personas expresaron su dolor en las redes sociales, siendo Jonatan Ruiz uno de ellos. Escribió una carta abierta, que transcribimos a continuación:

LA CARTA

El “SÍ” DE ROBERTO

La aventura de la santidad, comienza con un sí a Dios”, diría San Juan Pablo II, y si es esa la oración profética del santo para los siglos venideros: ¿Cómo sería entonces, llevarlo a la práctica?, ¿Cómo sería decirle Sí al Señor y vivir en consecuencia?… bueno, yo no lo sé bien, pero sí se de alguien que a eso lo tenía super claro: Roberto Pellegrino.

Comencé estas líneas parafraseando al Santo porque este escrito de santos se trata, y para colmo, como si alguien me diera la razón, el profe se nos fue el día que recordábamos la vida y obra de San Juan Pablo II.

Para el que lo conoció, esto que digo no le parecerá extraño, todos sabemos que esa era la carta de presentación de Roberto, una sonrisa, un apretón de manos, y muchas veces un abrazo que encerraba calor, paz, y tranquilidad.

Roberto fue una persona íntegra, una palabra que el diccionario describe como “entereza moral”, y que le cabía perfecto. Desde joven con su escoutismo a flor de piel, la oración y la ayuda a los demás como estandarte y motor. En lo personal me hace acordar a la beata Chiara Badano, y no exagero, parece que el secreto estaba ahí, en la sencillez, viviendo el Evangelio concretamente.

Estar con Roberto era lo más placentero que podías experimentar, cuando estabas en una conversación importabas solamente vos, te escuchaba, te comprendía, y muchas veces te aconsejaba.

El profe, vivió ligero de carga, así de liviano, la mochila con lo necesario, con la certeza de que todo iba a estar bien, y si todo se nublaba, él a lo buen cristiano decía: “Dios proveerá”.

Roberto me regaló muchas cosas además de su amistad, me enseño como profesor de educación física todo desde la docencia que impartía, así como también desde lo humano.

Me siento a escribir estas palabras, porque estoy en deuda eterna, ya que fue él quien forjando un puente me animó a conocer al Gran jefe (así es como los scouts se dirigen a Jesús). Fue un día normal del colegio, cuando me invitó a actuar de soldado romano para un vía crucis viviente en la plaza de la ciudad, y como la invitación venía de él, dije que sí sin si quiera saber que significaba “vía crucis”. Ahí cambió todo, conocí al padre Liborio, y en consecuencia el grupo de jóvenes de la parroquia San Martin de Porres, cambió mi vida rotundamente. Luego en el colegio (sabiendo que muchos no íbamos a poder ir al viaje de egresados que todos los estudiantes hacen al fin del curso), nos animó a juntar dinero, para hacer el mismo viaje de una forma distinta. Por menos de la mitad del precio, hicimos un viaje a San Carlos de Bariloche, de otra forma, sin boliches, pero con pachanga alrededor del fogón, sin hotel, pero con cabañas, sin aerosillas, pero con caminatas en filas indias hacia el cerro catedral. Un viaje memorable que quedará en el fondo de mi corazón. Al próximo año, otro viaje, a Cataratas, con la misma impronta. Recuerdo que allá en Misiones, luego de llevar ayuda social a los necesitados, de conocer paisajes y animales, en un momento las cosas se complicaron para Roberto. Una noche, afuera de las cabañas, nos unimos en oración, porque Roberto esperaba a su segunda hija, esa noche lloramos, nos abrazamos y fuimos nosotros los que le dijimos: “tranquilo, todo va a estar bien”, y así fue, Emilia vino a este mundo sana, salva, hermosa y fuerte. Con Roberto tengo miles de recuerdos, mi cumpleaños de 18, encuentros de jóvenes, campamentos, jornada mundial de la juventud en Brasil, y muchas cosas más.
Luego nos fuimos a la Universidad, y como todo en la vida, las cosas se dilataron un poco, aun así, cuando viajaba a Bragado, sabía que Roberto iba a estar siempre en el mismo lugar, en el fondo de la parroquia San Martin de Porres con el amor de su vida y compañera como en cada eucaristía. Yo sabía que entraba a la parroquia y ahí estaban ellos dos, y a su lado me quedaba haciéndoles compañía.

El último recuerdo que tengo fue aquel viernes en la ordenación diaconal de Miguel Gallo, cuando los viejos del grupo de jóvenes que Roberto inició junto a Hilda, Jorge, y Miguel, nos encontrábamos atentos a lo que sucedía. Estaba Ernesto, Gastón (uniformado de Scout) y yo que participábamos de la ordenación, en esa noche friolenta. Digo que era “friolenta” porque tengo dos situaciones marcadas para toda mi vida, la primera es cuando del frío abrazaba a su esposa de una forma paternal, compañera y amorosa, y la otra cuando me abrazó a mí, y me ofreció su campera. Roberto era increíble.

Es inentendible para nosotros que Roberto se haya ido tan rápido, y son éstas, las situaciones que te ponen en jaque, y te hacen repensar: ¿Cuál es el plan Señor?, ¿Por qué así?, y bueno, no lo entendemos porque: “como son más altos los cielos que la tierra, así son sus caminos, más altos que nuestros caminos, y sus pensamientos más altos que nuestros pensamientos”.

Lo que sí me queda claro, es que Roberto dejó a toda una diócesis repleta de lágrimas, y eso sucede cuando se va alguien importante, alguien que deja huella, que marcó el camino. Cuando entristeces a toda una ciudad, ciudades aledañas, a colegios, amigos, parientes, docentes, jóvenes, es porque tu semblante ha sido tan fuerte, que vivir sin vos, no será lo mismo.

Sin embargo, sin entender, sin comprender, me quedo con esta reflexión: “La aventura de la Santidad, comienza con un sí a Dios”, no tiene más secreto que ese. Siempre voy a recordar, tu alegría, tu altruismo, tu paternidad, y tu cariño para los jóvenes que tuvieron la posibilidad de conocerte. Le pido al Señor que traiga paz a tus hermanos que comparten los mismos valores que vos, y a nuestra Madre María, para que cobije a tu familia, en sus brazos dulces de madre.

Gracias Roberto, gracias por tu amistad, gracias por seguir dando vida luego de que partiste hacia la casa del padre, y espero que te hayas encontrado con el padre Liborio, y desde allá nos cuides a nosotros, quien desde acá te extrañamos, pero que aún en esta carencia de tu presencia física, sentimos el amor que nos dejaste plasmados en cada momento que te vimos.

¡Siempre listos Roberto!, prepáranos el campamento para cuando vayamos con vos.

Hasta siempre.

Jonatan O. Ruiz.

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